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sábado, 21 de marzo de 2026

El morador de Daria Pietrzak

Sinopsis:

Recorrer los senderos que conducen al pasado no siempre lleva a donde quisiéramos ir. 
Cuando Lis regresa a la granja familiar tras una prolongada ausencia para dar un último adiós a su abuela no estaba preparada para enfrentar el aterrador secreto que había permanecido encerrado entre sus cuatro paredes durante todos aquellos años. A medida que se sumerge entre los recuerdos de su infancia en busca de respuestas comienza a comprender que su vida, y la de su abuela antes que ella, ha estado marcada desde el principio por una sombra, una presencia constante, desconocida y perversa, surgida de la oscuridad de primitivas leyendas y mitos. Un ente que reclama su cuerpo y no la dejará marchar. Lis tendrá que resistir para no sucumbir ante el influjo de un ser que tratará de devorar su carne y poseer su mente, y luchar para conservar la cordura mientras se precipita de lleno en un mundo de dolor, perversión y rencor. Esto es una historia de brujas antiguas y nuevas, de maldiciones que viajan a través del tiempo, pasando de una generación a la siguiente como una cruel herencia, y de seres demoníacos, más ancianos que el mundo que habitan, que moran entre nosotros como un huésped indeseado, infectando nuestras almas y corrompiendo nuestras vidas.

Opinión:

Si hace unos días os hablaba de Las abandonadas, una novela de terror en toda regla que giraba alrededor del personaje de una bruja y del inseparable objeto maldito, ahora le ha tocado el turno a El morador; un libro en el que no podía faltar la maldición, las fuerzas ocultas y la casa encantada.

Personajes.

Lo primero que nos va a llamar la atención en esta obra es que solo cuenta con una protagonista, Lis, que regresa a la casa de sus abuelos para dar el último adiós a su abuela. 
El resto de personajes van a ser incidentales, apareciendo una o dos veces en el relato para contarnos el trozo de la historia en la que intervienen. 
De esta forma, Lis va a recurrir a sus recuerdos e incluso al diario de su abuela para ir introduciendo nuevos personajes, dando como resultado una historia contada a capas. 
Esos personajes incidentales nos mostrarán poco a poco el pasado, irán rellenando vacíos y creando un relato que irá aumentando progresivamente el ritmo narrativo y con ello la tensión, porque la atmósfera opresiva, eso que da el toque sobrenatural y que experimentarán los personajes en la casa o en su proximidad, es algo inexplicable para nuestra mente racional.

Por lo tanto lo que nos ofrece esta autora, Daria Pietrzak, es una narración no lineal sembrada de recuerdos del pasado, de pequeñas retrospecciones cada vez más perturbadoras, algo que cumple con la principal premisa del género de terror, la intención emocional que tiene como objetivo asustar e incomodarnos.

Pero...
Al comienzo de este apartado os he mencionado que solo habrá una protagonista, algo que no es del todo cierto. Si habéis estado atentos habréis visto que cito en varias ocasiones la casa...
Y es que esa granja que fue el hogar de sus abuelos va a convertirse en el elemento omnipresente en toda la narración, convirtiéndose en el escenario central y sin quererlo en protagonista, en el receptáculo de un ente diabólico que habita allí.

Atmósfera opresiva.

El morador es una novela de terror por lo que lógicamente va a tener muchas características fácilmente reconocibles de ese género, siendo las principales las que están relacionadas con la atmósfera amenazante. Una sensación incómoda y perturbadora que asalta a los personajes con solo acercarse a la casa.
La presencia sobrenatural y los cambios de temperatura con las frecuentes corrientes de aire gélido colaborarán con esa incomodidad y nos van a acompañar a lo largo de la lectura, mostrándonos la vulnerabilidad de los personajes atrapados en un entorno hostil.

Como veis me ha salido una reseña que no da muchos datos, alejándose bastante de lo que os tengo acostumbrados, pero tiene una sencilla explicación. Me he centrado solo en señalar lo más destacado, intentando no revelar demasiado, porque esta lectura debe ser una experiencia personal.

Y como toda novela tiene sus cosillas...

No puedo terminar esta reseña sin citar un par de cuestiones, por lo que debo hacer una puntualización. 
El argumento en general está muy bien llevado y cumple al cien por cien con la función de un libro de terror. En pocas palabras, me ha encantado, de lo contrario no os lo recomendaría, pero hay alguna cosilla que es justo mencionar y que hace que no le de la valoración más alta.

El arma de Chéjov que dispara sin balas...

Cuando digo que en la novela hay algo en concreto que es un arma de Chéjov que dispara sin balas me refiero a que hay un fragmento que es un esfuerzo que no da resultados. Que la autora ha trabajado mucho en algo que, por algún motivo, no ha generado un efecto real.

Pues bien, en un momento puntual se relata un chismorreo que tendrá como diana a tres jóvenes del pueblo. Debo decir que la historia es muy interesante, dejándote con la miel en los labios, pero al final terminas sin saber a cuento de qué viene. 
A mí toda esa historia me ha parecido un arma de Chéjov mal empleada, así que voy a profundizar en ese detalle.
Del arma de Chéjov ya os he hablado en numerosas ocasiones; es un principio narrativo que dice que todo elemento introducido en una historia debe ser necesario y relevante. 
No se puede introducir una pistola en la trama si luego no va a volver a aparecer y acabas matando al personaje de un sartenazo.
En este caso, ese chismorreo, bastante extenso y cargado de detalles, debería llevar a algo, de lo contrario se convierte en una maniobra de distracción o más bien en un simple relleno, lo que vulgarmente denominamos meter paja. 

Los finales.

En el Morador me he encontrado con otra novela en la que quedan algunos interrogantes abiertos. 
Debo aclarar que el desenlace está muy bien pensado, sembrando dudas y cumpliendo con una de las bases fundamentales de una obra de terror, que el horror perdure en tu mente hasta días después de cerrar el libro.
Pero ¿qué ocurre?, pues que me parece que quedan cabos sueltos que no tienen una explicación muy clara.

Sin poder evitarlo, eso de que queden flecos colgando de la historia principal sin resolver, me ha llevado a pensar en un tema bastante controvertido. La elección de los finales.
Ya sabéis como funciona la relación de ideas, un asunto te lleva a pensar en otro o como diría Confucio:

Leer sin meditar es una ocupación inútil.

Por lo tanto, voy a recurrir a mi sinceridad habitual y a dar el consabido tirón de orejas a autores y editoriales.
Yo soy de esas personas a las que les gusta terminar un libro y que casi todo quede bien atado. Sencillamente porque acabo la lectura y paso a otra. No me tomo tiempos muertos entre ellas intentado buscar posibles soluciones o interpretaciones a lo que acabo de leer. 

Creo que esa función, la de cerrar interrogantes buscando una explicación plausible para que la historia cuadre, no debe recaer en manos de los lectores, algo que últimamente se está convirtiendo en habitual en los thriller y novelas de terror. 
En el terror, el dejar el final abierto es algo entendible porque la incertidumbre genera miedo y nos va a perseguir durante un tiempo, que es lo que se busca, pero el dejar esos detalles secundarios sin explicar o finalizar del todo se está convirtiendo en un hábito que se contagia con demasiada facilidad a otros géneros.

Parece ser que nos hemos olvidado del planteamiento que organiza cualquier historia; del esqueleto que hace que el relato al terminar tenga sentido. No quiero recurrir al clásico de introducción, nudo y desenlace, porque no se trata de eso. Se trata de casar las piezas, no de dejar el puzzle con agujeros argumentales por los que podría entrar un camión.
¿Qué está pasando con los desenlaces, con ese punto en el que se resolvía el conflicto, para bien o para mal, y cerraba las tramas principales? ¿Nos estamos volviendo cómodos o es que hemos perdido la capacidad de sorprender?